Socialistas de todos los partidos

Blog inspirado en el libro "Camino de servidumbre", que Hayek dedicó a los socialistas de todos los partidos. Socialismo entendido como colectivismo, como sumisión del individuo al grupo, en aras de hermosos ideales que no sólo en su sueño producen monstruos.

jueves, julio 20, 2006

Eisenstein y el protagonismo colectivo de las masas

¿Qué es un colectivo humano?. A esta pregunta se le puede dar una respuesta liberal o una respuesta colectivista. La liberal es: un conjunto de individuos, una enumeración, un listado de personas, junto con las instituciones que estos individuos producen y mantienen en funcionamiento. La colectivista es: una realidad distinta del mero conjunto de individuos, superior a ellos, con sus propios deseos, voluntad, necesidades, de naturaleza preexistente o de existencia necesaria debido a las inexorables reglas de la Historia. Para los liberales los colectivos humanos son importantes pero contingentes y susceptibles de nacimiento y transformación, puesto que el colectivo no tiene naturaleza propia, sino sólo la que crean, mantienen y modifican los individuos que lo componen. Son los individuos los que mediante sus actividades e interrelaciones forman el colectivo. Para los colectivistas, en cambio, es el colectivo el que forma a los individuos, el que les da una razón de ser y una esencia. Para un colectivista, alguien que no ama "lo suyo" es un individuo huérfano, incompleto, sospechoso, que no tiene por qué disfrutar de los mismos "derechos" que los demás puesto que no es un miembro del "espíritu" comunitario.

Del liberalismo surge la nación política, concebida como el conjunto de ciudadanos que residen en un territorio, de los que emana la soberanía de la nación, y que son libres e iguales ante la ley. De aquí se derivan las libertades del individuo frente al Estado (lo que es lo mismo que decir frente al colectivo). Se instauran toda una serie de controles y equilibrios para intentar evitar que el poder pueda volverse despótico. No se impone coactivamente ningún objetivo colectivo ni ninguna moral, únicamente el respeto a la vida, libertad y propiedad de cada individuo, a fin de que cada individuo pueda decidir qué objetivos perseguir y mediante qué métodos.Del colectivismo surgen las naciones culturales, las naciones étnicas y las naciones socialistas. De aquí se derivan los derechos colectivos y los derechos sociales. Es decir, los individuos no le dicen al colectivo que no se meta en su vida más de lo imprescindible para el funcionamiento de las instituciones y de la convivencia, sino que espera recibir del colectivo una serie de prestaciones sin necesidad de contrapartida alguna. Obviamente, los "derechos" de unos individuos conlleva deberes para otros, con tal de que en la sociedad sólo se hable el idioma ancestral, brille la pureza étnica, se respeten las tradiciones milenarias o se consiga la igualdad económica. El colectivo fija determinadas concepciones morales, y los controles y equilibrios del poder se debilitan o eliminan. La voz del líder es la que habla por la nación, la que interpreta sus deseos, la que la lleva a completar su misión histórica o a recuperar su más pura esencia. No hay espacio para la discrepancia, para el individualismo, para el de otra raza, el que quiere hablar en otro idioma, el que no desea vivir de acuerdo a las tradiciones del colectivo, o para los "burgueses".

(Obviamente, esta es una generalización. Entre ambos extremos hay muchas combinaciones y de hecho la España actual tiene muchas características socialistas, aunque haya quien piense que vivimos en el colmo del "neo"liberalismo. Y muchas personas que se consideran a sí mismas socialistas defienden los fundamentos de la democracia liberal.)

Pero desgraciadamente no existen palabras distintas para esas dos realidades. Para ambas tenemos "colectivo", "nación", "república", etc. Si se quiere concretar más hay que adjetivizar: nación de ciudadanos, nación política, nación cultural, nación étnica, república de trabajadores, etc. Por tanto, muchas conversaciones se convierten en diálogos de sordos, al estar cada interlocutor usando una misma palabra para dos conceptos distintos aunque relacionados.

La ventaja de la palabra "masa" es que no deja lugar a dudas: en una masa cada uno de los individuos es insignificante. "Serguei M. Eisenstein (1.898-1.948) expresa su adhesión a la causa revolucionaria proclamando su interés por el protagonismo colectivo de las masas. Pero tanto en La Huelga como en El acorazado Potemkin, como en Octubre las masas padecen, pero no protagonizan nada; más bien lo que hacen es participar de un vértigo cuyo sentido se les escapa. En el cine de Eisenstein no hay lugar para personajes, es decir, personas dotadas de discurso. De los individuos interesa a Eisenstein sus experiencias, pero ni su discurso ni su conciencia."

Es difícil encontrar una analogía más certera entre forma artística y fondo ideológico. Eso es el comunismo: un sistema que pensando en la masa elimina el discurso y la conciencia de cada individuo. Como en el cine de Eisenstein, en un sistema comunista no somos Fulanito González, sino la madre 1 o la madre 2, el obrero o el oficial. Nos desindividualizamos y como consecuencia nos deshumanizamos.

Sin embargo en las películas supuestamente protagonizadas por las masas el verdadero protagonista es el mismo Eisenstein. Es su marcada individualidad, la originalidad de la concepción, la fuerza que le imprime a los planos, los encuadros, la iluminación, el montaje, lo que hace que sus películas puedan seguir viéndose con interés. En todo momento podemos imaginarnos su cerebro en acción, sus manos en la sala de montaje cortando y volviendo a montar hasta obtener el efecto exacto que estaba buscando. Pero un cine en el que no haya ningún protagonismo individual ni en el guión ni en la dirección ni en la fotografía ni en los actores es un pestiño imposible de soportar durante 90 minutos. Por el contrario, los telefilmes de sobremesa podemos verlos aunque carezcan de valor artístico, simplemente porque nos cuentan una historia individual, nos ofrecen un personaje con el que identificarnos o al que odiar.

Entre la materia y el genio, la URSS del materialismo dialéctico no podía más que elegir la materia. Estaba en su naturaleza, como lo está en la del escorpión matar a la rana que lo salvaría de ahogarse. El comunismo fue un gigantesco experimento social de protagonismo de la masa, de lo comunitario, frente al individuo. Y acallando al individuo cegó la fuente de la riqueza, puesto que a pesar de la mitología y el lenguaje del colectivismo, no existe un cerebro colectivo ni unas manos colectivas.

Al prohibir que los individuos pudieran tomar iniciativas económicas, acumular riqueza en la medida en que contribuyeran a su creación, ni tener medios para planificar libremente sus vidas, la URSS propició su colapso económico. La URSS era rica en recursos naturales, territorio y población. La Alemania del Este partía de la misma situación que la occidental. Sin embargo, para cuando se produjo la reunificación las diferencias en el nivel de vida y el progreso material eran tales que aún hoy, millones de euros de inversión después, se siguen notando.

Pero no sólo de pan vive el hombre. El comunismo restringe toda discrepancia, toda heterogeneidad, toda desviación individualista de la norma, toda crítica, la libertad de expresión, de circulación, de residencia, de asociación. No existe ni existirá una democracia digna de tal nombre donde gobierne el comunismo, aunque obviamente el comunismo dedicó toda su propaganda a adueñarse también de la palabra democracia: república democrática de Alemania, democracia popular. Nada tenían que ver con una democracia liberal.

Impidiendo la libertad de sus habitantes, la URSS causó un derrumbe de la ética, una invasión del gris, del cemento, del realismo socialista, un país mediocre y asustado en el que todos temían destacar o ser delatados. El comunismo con sus gulags y sus Laogai (de los que habla aquí Miguel Cancio) causó y sigue causando muchos más muertos que los campos de concentración nazis (otros socialistas), pero son mucho menos conocidos debido a la exitosa propaganda comunista y a la colaboración de muchos intelectuales europeos de izquierdas que le siguieron y siguen el juego.

Muchos artistas que en los inicios de la URSS se creyeron las bonitas palabras comunistas y apoyaron la revolución, cambiaron más tarde de idea o fueron "depurados" o censurados. El mismo Eisenstein en sus últimos años de vida sufrió la censura stalinista. El momento de efervescencia, de euforia revolucionaria, duró poco, y después el poco arte valioso de la URSS lo produjeron los descontentos, los resistentes. La capa de arte que envolvía al cine de Eisenstein desapareció, y lo único que quedó fue la propaganda desnuda, repetitiva y omnipresente.

Si no se permite que los individuos creen, no existe un "colectivo" que los reemplace. Ninguna de las creaciones de las que los colectivistas se sienten tan orgullosos las creó el espíritu colectivo, sino individuos concretos: ni la sardana, ni el gazpacho, ni las sevillanas, ni El Quijote, ni el fado son creaciones colectivas. El gazpacho no lo crearon millones de andaluces reunidos con el objetivo de crear un hecho culinario diferencial. El gazpacho lo creó una persona (puede que ni siquiera de origen andaluz, no lo podemos saber) residente en Andalucía. Obviamente, usó los ingredientes que tenía a mano. Y dado lo difíciles y poco frecuentes que eran los desplazamientos, el gazpacho se expandió relativamente poco. Pero no fue creado por el espíritu andaluz ni está unido a Andalucía por ningún vínculo mágico. De igual modo el cine de Eisenstein no lo creó la URSS ni la masa ni el proletariado. Lo creó un genio, un individuo.

Más sobre cine y política en Cine político hispano. Más sobre Eisenstein aquí.

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